El Sistema no Pudo Contra AMLO

¿Por qué el sistema no pudo contra AMLO?

En espera de que se consuma lo que parece inevitable, la pregunta que se hacen en la cúpula del poder es ¿qué hicimos mal?, ¿por qué no está funcionando la estrategia para impedir que López Obrador llegue a Los Pinos?.

A poco más de 50 días el 48% de la intención de voto efectiva le da al líder de Morena una ventaja con amplio margen sobre el 40% del sufragio que necesita para llegar a Los Pinos. ¿Por qué no funcionó en 2018 lo que sí operó en 2006 y 2012?

Las respuestas son varias.

De entrada es cierto que la cúpula en el poder lo tenía más difícil para 2018.

Estaba claro que el hartazgo ante la corrupción y la inseguridad pública habían alcanzado cotas mucho más altas que en elecciones anteriores.

El desprestigio de los gobiernos del PRI y el PAN liquidó el beneficio de la duda que algunos votantes todavía le dieron en 2006 al blanquiazul y en 2012 al regreso de un PRI supuestamente con la cara lavada.

Hoy muchos de estos votantes, desencantados con la incapacidad de los últimos gobiernos para detener la inseguridad pública y la corrupción (entre otras cosas), han perdido la esperanza en estas viejas marcas, sin importar el candidato que postulan.

Y para colmo tampoco es que los candidatos compensen el desprestigio de las camisetas que portan.

José Antonio Meade puede ser la menos mala de las opciones que tenía Peña Nieto, pero eso no lo convierte en un candidato bueno.

Su falta de carisma y, ahora sabemos, su falta de valor, lo hacen una opción que no entusiasma ni a los propios priistas.

Si al menos se hubiera atrevido a hacer una especie de deslinde con respecto a los errores de su ex jefe, quizá habría captado la atención de algunos indecisos.

Pero presentarse como el fiel continuador de una administración que es reprobada por el 80% de la población parecería la fórmula perfecta para el fracaso.

Ricardo Anaya pudo haber jugado a ser el Emmanuel Macron, surgido de la nada a los ojos del hombre de la calle.

Pero simple y sencillamente carece de la sustancia para encarnar el símbolo de la modernidad y el cambio en el que quiso convertírsele. Por un momento se confundió su edad (39 años) y su locuacidad articulada con el proyecto de modernidad que permitiría al país salir de los problemas en los que está estancado.

El problema es que Anaya no ha propuesto nada sustancial o en todo caso nada que esté fuera de los paradigmas de las administraciones anteriores.

Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con López Obrador sobre la necesidad de sacar a las secretarías de Estado a diferentes ciudades del país, con la amnistía a delincuentes bajo determinadas circunstancias o con darle un vuelco a las reformas.

Pero nadie puede negar que se trata de un golpe al avispero del actual orden de cosas.

No hay nada novedoso en Ricardo Anaya, el supuesto paladín del cambio, salvo llamarlo así, portador del cambio.

No se trata del líder de una fracción del PAN que tomó al partido por asalto para transformarlo y que ahora se lanza al cambio del país. Tomó el control del PAN con argucias de pasillo y sus consejeros son personajes conspicuos del pasado (Diego Fernández, Santiago Creel, Jorge Castañeda, entre otros).

La única propuesta radical de Anaya, la idea de un ingreso universal para todos los mexicanos, la hizo en diciembre del año pasado y no ha vuelto a hablar de ello.